1942 · Anadigna
Elegir el nombre de un vino puede ser casi tan complejo como elegir el nombre de un hijo. En nuestro caso, siempre tuvimos claro que debía ser un homenaje.
Anadigna no es solo un nombre: es memoria, respeto y agradecimiento.
Anadigna se crió junto a su madre, mi bisabuela Filomena, mientras Baldomero estaba en América. Juntas afrontaron solas las labores del campo, en una época en la que la dureza del trabajo no hacía distinciones, aunque la sociedad sí las marcara. Anadigna asumió desde muy joven tareas que entonces se reservaban a los hombres.
Elaboraba el vino como se hacía entonces.
Atenta a la luna y a los caprichos del tiempo, cuidaba sus viñas con mimo y paciencia para obtener ese regalo que la naturaleza de las Rías Baixas nos ofrece. Metódica y generosa, compartía con los suyos los conocimientos y los gestos aprendidos con los años.
Al mismo tiempo, sacó adelante sola a sus cuatro hijos, combinando el trabajo del campo con la crianza, con la misma firmeza con la que guiaba las parras, el cuidado con el que podaba cada cepa y la sabiduría con la que elegía el momento exacto de la vendimia, siempre bajo el sol, la lluvia y el viento del Atlántico.
Uno de aquellos cuatro hijos era mi padre, Belarmino, quien me enseñó que para hacer buen vino hay que amar la planta, la uva y la tierra que nos la brinda.